Son muchos los estudios científicos que validan la práctica de la atención plena en personas “sanas” y en personas con problemas físicos o psicológicos. Vamos a enumerar algunos ejemplos:
Las aplicaciones específicas del mindfulness mejoran la capacidad de regular las emociones, reducen los pensamientos negativos, mejoran las relaciones con las demás personas y el funcionamiento del organismo, pues hace que los procesos de curación, de respuesta inmunitaria, la reactividad al estrés y la sensación general de bienestar funcionen de manera mucho más eficaz (Siegel, 2010)
Las intervenciones con mindfulness han demostrado su eficacia para el tratamiento de los trastornos de ansiedad (Kabat-Zinn et al., 1992), así como en el tratamiento de la ansiedad generalizada (Roemer y Orsillo, 2005).
Está bien establecida la eficacia de la terapia cognitiva basada en mindfulness para la depresión (Kuyken et al., 2008).
El mindfulness está indicado en el tratamiento de los trastornos de personalidad caracterizados por dificultades en regulación emocional (Rizvi,Welch y Dimidjian, 2009).
Se ha comprobado que tras un entrenamiento en mindfulness hay una mejoría en el funcionamiento de personas que padecen de dolor crónico (Lance M.McCracken y Jane Zhao-O’Brien, 2010).
La velocidad de recuperación en enfermedades psicosomáticas, como la psoriasis, se acelera con la práctica de la atención plena (Kabat-zinn,wheeler,Light…, 1998).
La práctica de la meditación mindfulness mejora la función inmunológica (Davidson, Kabat-Zinn…, 2003)
La capacidad del Mindfulness para lograr estos beneficios tan diversos se nos hace evidente si tenemos en cuenta que esta forma de atención puede modelar directamente la actividad y el crecimiento de aquellas zonas del cerebro que son responsables de estos cambios (Cerebro y mindfulness, Siegel, 2010).
Dejando a un lado los estudios vamos a preguntar directamente la opinión que tienen sobre la práctica de la atención plena personas que comenzaron a llevarla a sus vidas:
